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Ranulfo Romo un científico que ha educado sus neuronas
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Nota publicada el 14 de abril del 2019

México.- La ciencia es su medio, el estudio del cerebro su pasión. El neurofisiologo Ranulfo Romo ha dedicado más de 40 años, de sus casi 65 de edad, a la investigación de las neuronas que califica como titiriteros del comportamiento humano.

El tercero de una familia de 10 hijos de padre agricultor y madre ama de casa, quienes apenas terminaron la primaria, fue hace unos años nominado al Premio Nobel y al Principe de Asturias por sus estudios del Parkinson, del sueño, la memoria y toma de decisiones.

Durante su larga trayectoria en los mejores centros de investigación de Europa y Estados Unidos ha recibido una gran cantidad de distinciones y reconocimientos, y actualmente trabaja con sus colaboradores en la representación del tiempo en el cerebro.

En su iluminada oficina, rodeada de pequeñas ventanas largas ubicada al final de un corredor del primer piso del Instituto de Fisiología Celular de su alma mater, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explica a Notimex el tema que le ha cautivado desde muy joven.

- ¿Es usted fisioneurologo?, se le preguntó: “Yo me dedico a estudiar cómo vemos, cómo oímos, cómo sentimos, cómo percibimos. Como lo está haciendo usted en este momento, me está viendo, me está mirando, me está oyendo y me está escuchando, está viendo como muevo las manos y además está tratando de interpretarme.

La otra parte que yo desarrollo es dónde y en qué parte de nuestro cerebro guardamos la información en forma de memoria, que no es otra cosa más que la experiencia y es muy útil que sea en forma de conocimiento.

Entonces la pregunta es ¿dónde está eso y cómo es que se guarda la experiencia?, a eso me dedico también y finalmente todo esto de lo que estoy hablando, tiene que ver con la toma de decisiones.

“Es muy útil que el cerebro tenga conocimiento y experiencia para tomar buenas decisiones; esto sólo se da con la educación, el trasfondo de todo esto es la educación, en el fondo uno va a la escuela para que le eduque las neuronas”.

Sentado tras un sencillo escritorio de madera, repleto de documentos, con una lap top a un lado, el científico integrante de El Colegio Nacional; de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos y Academia Americana de Artes y Ciencias comenta sus orígenes.

“Yo soy el tercero de 10 hijos, todos fuimos a la escuela, la mayor ya falleció desgraciadamente hace 3, 4 años, pero son las familias grandes que se podían dar en esa época, todos tuvimos acceso a la educación, todos nos desarrollamos, hay ingenieros, agrónomos, profesores, hay de todo”.

Oriundo del Ures, un municipio ubicado a unos sesenta kilómetros de Hermosillo, la capital del norteño estado de Sonora, el también integrante del Sistema Nacional de Investigadores.

“No podría decir que yo que en la primaria tuviera inquietud por la ciencia, tenía mucha inquietud por la naturaleza en su totalidad y después en la secundaria me di cuenta que había esa línea de la ciencia, que había gente que se dedicaba a generar conocimiento en diferentes disciplinas”.

Sus primeros años de vida fueron rodeado del ambiente del campo mexicano, en su pueblo ubicado a las faldas de la Sierra Madre Occidental, donde el agua escurre de las montaña a través de los ríos y llena el paisaje álamos, centenario y tierras agrícolas.

“Mi papá era agricultor de grandes vuelos, sembraba trigo, algodón y exportaba en los años 60, también en la familia tenían ganado que exportaban. Mi mamá era ama de casa, muy inteligente, muy intuitiva con un profundo conocimiento de las finanzas y cómo educar a sus hijos”.

Sonriente, el científico de cabello abundante cano y blanca tez, con algunas arrugas, pero aspecto casi juvenil comenta que fue un niño feliz. Envuelto en un ambiente familiar armónico, desarrolló un carácter sociable, era un estudiante destacado, aunque también responsable y disciplinado, además como buen norteño jugador de béisbol.

“En la primaria a mí me gustaba jugar, lo que hacen todos los niños me sentía muy contento porque estaba protegido por mis padres, había mucho cariño, tenía muchos amigos, vivía en un lugar seguro y había muchas cosas que me atraía de la naturaleza”, relató.

Estudiar la secundaria implicó iniciar su vida “migrante” como el se identifica, pues se tuvo que trasladar a Hermosillo con su familia donde formalizó el dominio del inglés, los conocimientos en biología y matemáticas.

“Yo empecé a tener la idea de que eventualmente yo podría hacer investigación científica, era cuestión simplemente de dedicarme algo y encontrar el espacio y después tuve mi preparatoria con muy buenos maestros, pero no había investigación, estamos hablando a finales de los años 60, eran un hervidero, las universidades mexicanas, muy politizadas, muchas huelgas, era muy complicado”.

A sus 18 años de edad, tras terminar la preparatoria, el joven estudiante sonorense, ávido lector de publicaciones científicas como la revista “Scientific American” y admirador del programa aeroespacial viajó a la Ciudad de México a presentar su examen de ingreso a la UNAM.

Durante la plática el investigador abre y cierra los brazos para contar parte de su juventud y recuerda que en el primer día de clases en la Facultad de Medicina conoció a su compañera de vida, pues al verla se enamoró de ella casi a primera vista.

“La encontré muy pronto, a la edad de 18 años y que bueno que hemos hecho la vida juntos porque ya no hay más distractores en la vida, tuvimos un hijo, es cirujano de mano y tenemos un par de nietos que al rato voy a comer con ellos. Llevamos nuestra vida lo mejor posible.

Ana Cecilia Rodríguez Luna, mi esposa, es médico, es una linda persona, una gran compañera de la vida, de toda la vida, de 40 y tantos años juntos, es inevitable que alguno de los dos se muera el que se quede solo yo espero que no lo resienta mucho y se consuele por el buen tiempo que pasamos juntos”.

En la UNAM también Romo comenzó su investigación, que continuó en el Hospital Centro Médico Siglo XXI y aún como estudiante veinteañero hizo sus primeras publicaciones científicas, una de ellas en inglés, en el Boletín del Instituto de Biología de su alma mater, que aún es citada por sus pares,

“Yo desarrollé estudios aquí en la UNAM y luego me fui a París a trabajar en el Colegio de Francia, trabajé en un grupo muy grande donde había franceses, ingleses, norteamericanos, griegos, españoles. Esa convivencia con gente que venía de diferentes partes fue extraordinaria para mí, aprendí mucho y dejé mucho ahí.

Después por cuestiones de trabajo e inquietudes me fui a trabajar a la Universidad de Friburgo en Suiza y ahí trabaje con un alemán colaboramos durante tres años, hicimos cosas muy interesantes de la investigación cerebral, viaje por toda Europa durante esa época estuve durante 6, 7 años en Europa.

Conocí, agregó, prácticamente todos los centros de investigación en neurociencias en Europa, impartí muchas conferencias, publiqué muchos artículos con mis colegas y luego me fui a Estados Unidos a la Universidad de John Hopkins, que es una institución muy importante para la investigación científica y en medicina y finalmente me regresé a México por la inquietud de hacer investigación en mi país y entrenar a los jóvenes mexicanos en los temas que cultiva.

Vestido con una guayabera blanca y un pantalón claro, en una silla de oficina, el científico se declara amante de la música clásica, en particular de Johannes Brahms, y ávido lector, quizá motivado por su propio estudio del cerebro

“Todo lo que hace el cerebro es aprendido, todo lo que hacemos es aprendido el 99.9 por ciento, lo demás está para controlar la respiración, latidos cardíacos, hacer reflejos automáticos, pero todo lo demás es aprendido”, destacó.

A pesar de que lee todos los días periódicos, el investigador se declara apartidista, ajeno a la política, aunque sí conocedor del acontecer nacional.

“Yo he buscado la manera en cómo puedo hacer mi investigación porque no puedo meterme en el universo de cómo promover la ciencia mexicana, yo no tengo facultades políticas ni he intentado hacerlo, quizá si lo hubiera hecho no habría hecho ciencia, entonces me habría dedicado a organizar centros de investigación o alguna cosa”.

Sin embargo, opina que “la ciencia ha llegado tarde a nuestro país y esa es la razón por la cual somos todavía un país del tercer mundo porque la ciencia no es parte del desarrollo de una sociedad, los políticos hablan de esto como si fuera cualquier cosa, no se dan cuenta”.

Afirma que se requiere más financiamiento público a la ciencia, pues cada año hay recortes, y “nosotros somos parte del motor de desarrollo de este país, cuando esto se reconozca habremos dado un salto muy importante”.

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